Cada día, cuando mi reloj ronda las 19 horas, mi televisor se enciende (literal y metafóricamente) al destellar la sonrisa de una musa, bella como un angel recién madrugado, de piel color caramelo, de ojos brillantes como un millón de diamantes. Tal gracia me deja atónito, inerme, inesperadamente dispuesto a admirar.
Y mientras la cadencia de su voz me hipnotiza con noticias lejanas, me encariño del vaivén de su enigmática gracia, elevada a la n-ésima potencia por la luz de los reflectores (daría mi vida por ser esa luz que le roza el rostro).
¿Por qué Tulipanes para ella?
Existe muchas flores, cada una con sus caráterísticas bellezas, olores extravagantes y multiformas que las haces únicas, irrepetibles. Pero sólo hay una flor, con tal magnificencia, con tal amonía y con tal perfección que puede compararse a esa sílfide. Sólo el tulipán osa igualar la belleza de Roxana. Con todos los espectros del arcoiris, exóticos, delicados, fascinantes, lejanos.
¿Por qué Tulipanes para Roxana?
Porque Roxana, con su belleza de diosa, los merece más que nadie; porque Roxana, con su descomunal belleza de diosa, los merece todos.
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